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Por una agricultura de calidad

José Fernández Vázquez

Estoy en desacuerdo con lo expresado por Pedro Barato, presidente de ASAJA (Asociación de Jóvenes Agricultores), en su artículo El compromiso del campo con le @afud de los españoles (EL MUNDO, Tribuna Ubre, 25 de abril de 2001).

Mi trabajo y mis vivencias, que se alargan a cerca de los 40 años, no dejan reconocer la realidad que el señor Pedro Barato describe. La inmensa mayoría de las exploraciones agrícolas y ganaderas de este país no están creadas, ni nacieron, para dar satisfacción a la sociedad en materia alimentaria. No existe, al crear una empresa esa preocupación, ni está en las mentes de los que ponen en marcha una actividad o un nuevo cultivo en el mercado, la prioridad de la salud humana.

Cuando nace una empresa o aparece en los campos un cultivo agrícola, hay un solo y gran pensamiento: la rentabilidad en términos económicos. Y sobre ese objetivo se trabaja y se piensa. Y no hay muchos indicadores que apunten al cambio.

Porque al contrario de lo que manifiesta el señor Pedro Barato, desde Europa se practica y se subvenciona además, una política agraria que va en el mismo sentido. Agricultura y ganadería en régimen de superproducción intensiva, que sólo sirva para sacar el mayor de los rendimientos posibles, y conseguir más dinero fácil y rápido de sus empresas.

A pesar de lo que afirma el presidente de ASAJA, sí es posible otro tipo de agricultura y otro tipo de ganadería nada utópica, y en ella está nuestro futuro. Organizaciones empresariales de pequeños campesinos y ganaderos de este país, que están estrechamente ligadas al campo y al medio rural, defienden y creen que es posible una forma distinta de producir, teniendo como primera prioridad la buena y sana alimentación de las personas, y lo que es tan importante, que llegue a todas las partes del mundo. Desde estas organizaciones se exige quitar del mercado todos los productos venenosos, y perjudiciales para el futuro de la salud de la gente, y que además deterioran gravemente nuestro hábitat, que se emplean hoy día en los campos agrícolas, no sólo españoles, sino en todo el planeta.

Las subvenciones públicas a la agricultura y a la ganadería no deben llegar a manos de empresarios, que no estén dispuestos a formar parte de un nuevo modelo productivo que ponga por delante, el bien común de la sociedad, y de las personas que vivimos en ella. Las autoridades políticas tienen la obligación de poner todo su empeño.